Los brazos son la extensión del corazón

Es relativamente fácil para mí escribir aquí sobre obras de teatro o cursos a los que no he asistido, sin embargo encontrar las palabras adecuadas para transmitiros lo que ha sido el retiro de autoconocimiento a través del teatro me está resultando una tarea realmente difícil; es una gran responsabilidad intentar describir en tan sólo unas líneas la magia que he (-mos) vivido este fin de semana en mitad de la sierra de Madrid.

Lo voy a intentar. Vamos allá.

La aventura comenzó el viernes, al caer la tarde. Quince personas, entre las que se encontraba parte del equipo de Expresando, Begoña García y Marián Huélamo se citaron en "El Colladito de Miraflores" dispuestas a compartir tres días en mitad de la montaña. Quince alumnos con ganas de vivir la experiencia, guiados por la gran maestra, Maru Oviedo.

Una vez acomodados, dio comienzo el taller. Tras la presentación de cada uno, vino la primera toma de contacto con los conceptos que íbamos a trabajar a lo largo del curso, y las primeras dinámicas. La jornada finalizó con una breve meditación guiada.

El sábado me uní yo.

Fue un día tan intenso como bonito. De todos los ejercicios de la mañana hubo uno que me marcó especialmente: el de la canción. Todos habíamos escogido una que nos gustara y que, de alguna manera reflejara el momento en el que estamos. Algunos la recitaron y otros la cantamos y, fue mágico. Fue muy especial sentir la emoción en la voz quebrada de muchos a los que las lágrimas nos pudieron -si, lloré-.

A las 2 sirvieron la comida. Con mi sentido de la observación en dolby Surround -prácticamente desde que pisé la sierra-, me di cuenta de que a veces en lo más cotidiano, como es comer con gente, se encuentra una de las mayores grandezas del ser humano: Compartir.

Después de una entretenida sobremesa en la que se leyeron poemas y otros escritos de cosecha propia alrededor de la chimenea -el taller estaba lleno de artistas- , comenzó el segundo round del día.

Uno de los ejercicios que más me gustó fue el de "conciencia corporal".

Nos pusimos por parejas: Uno cerraba los ojos y el otro, siguiendo las instrucciones de Maru iba, con sus manos, recorriendo partes del cuerpo de su compañero quien, al sentirlas tenía que concentrarse en ellas. Notar el calor de las manos de otra persona que, hasta hacía menos de 6 horas era una desconocida y que, de repente me tocaba el brazo con ternura, como si me conociera de siempre fue una experiencia indescriptible. Me di cuenta de que, a veces estamos tan sumidos en la vorágine del día a día que nos olvidamos de que, por ejemplo, tenemos un dedo gordo del pie, y aprendí algo muy importante: los brazos son la extensión del corazón, por eso con los brazos (y abrazos) damos y recibimos amor.

Acabamos la jornada haciendo juegos de teatro e improvisación y bailando.

Llenos de energía, cenamos y nos fuimos a nuestro saloncito con sofás y chimenea, porque, aunque estemos en junio, el frío no nos dio tregua. Y allí, todos juntos charlamos y compartimos vivencias hasta bien entrada la madrugada.

El domingo nos levantamos en silencio. Había que estar en riguroso silencio hasta que empezara el curso: Ducharnos en silencio, breve meditación en el bosque, desayunar en silencio. Fueron dos horas sordas y mudas, de introspección, de observación. Reconozco que me costó al principio, pues estamos muy acostumbrados a despertar, mirar el teléfono móvil, poner la tele, encender el ordenador o hablar si tienes a alguien al lado -o estando sólo, dependiendo de tu grado de salud mental-. Al final acabé enamorada de la sordomudez transitoria, pues aprecié sonidos, sabores, pensamientos y sensaciones que estoy acostumbrada a anestesiar con el ruido de la tecnología o de conversaciones banales.

Era el último día. También, el más potente.

Hablamos de las "cinco heridas", de los arquetipos y de las máscaras, para mí uno de los ejercicios más intensos del taller. Consiste en elegir la emoción que más te defina en ese momento de tu vida, y la contraria, y hacer una máscara de ambas con colores y cartulinas. Y, con ellas, delante de un espejo, mirar tu reflejo y, en silencio andar por la sala mirando las máscaras de los demás, y, más tarde, interactuar.

Como cierre hicimos  “me desprendo de…” por parejas. No voy a decir nada de este ejercicio porque cualquier cosa que diga no le hará justicia -también porque prefiero que os apuntéis al próximo y lo descubráis vosotros mismos-.

El primer día Maru puso vasos con los nombres de cada uno, y posits para que quien quisiera pudiera dejar mensajes anónimos o firmados a los compañeros.

Al final, cada uno cogió su vasito, y esa fue la gota que colmó el vaso del agradecimiento y de las lágrimas. Es alucinante como en tan poco tiempo, personas desconocidas pueden llegar a tener un vínculo tan fuerte.

El domingo por la noche llegué a casa con la mochila cargada de aprendizaje, de experiencias bonitas y de grandes momentos.

Podría decir muchas cosas, pero me quedo con una: Cuando las personas están dispuestas y abiertas a dar y recibir, la magia hace lo demás, y la vibración es de puro amor.

Glory Meyers

 

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